La necesidad de regular la inmigración no está en discusión
Aunque la iniciativa no es nueva ni hay garantías reales de que se
ponga en marcha tal y como se ha concebido (programas de este tipo han
abundado en los últimos cincuenta años sin que se consumen sus cometidos
porque los intereses políticos y económicos lo han impedido), hay que
tomarle la palabra a las autoridades y saludar el Plan Nacional de
Regularización de la inmigración extranjera anunciado hace unos días.
En efecto, al margen de las reservas que imponen su lóbrega
procedencia ideológica, la cuestionable racionalidad de algunas de sus
bases de sustentación constitucional y el hecho de que está comenzando
al revés y con los “mangos bajitos” (es decir, con los hijos de los
inmigrantes inscritos en los libros de registro y no con los
indocumentados que invaden nuestros barrios, zonas suburbanas y campos),
el plan de referencia podría ser una importante apuesta para, ¡por
fin!, comenzar a abordar con seriedad, responsabilidad y sistematicidad
el caos migratorio que ha existido históricamente en la República
Dominicana.
Y esa creencia del autor de estas líneas -se aclara- en nada desdice
sus posiciones anteriores: pese a que el ultranacionalismo criollo y sus
turiferarios en los medios de comunicación han intentado tergiversar la
discusión sobre la sentencia del Tribunal Constitucional afirmando que
los opositores a ésta no deseamos la regularización de la inmigración
extranjera, obviamente se trata de una mentira de tomo y lomo que sólo
pueden ser creída por los pazguatos o los trastornados.
La necesidad de adoptar una política nacional de migración sobre la
base de la aplicación rigurosa y justa de las disposiciones legales
vigentes, en realidad nunca ha estado en discusión: precisamente esto es
lo que muchos dominicanos hemos estado reclamando desde hace años, y en
lo fundamental no se ha hecho por la ausencia de voluntad en los
dirigentes gubernamentales y la oposición soterrada de la parte del
empresariado nacional que obtiene pingues beneficios económicos con la
contratación de indocumentados haitianos.
El Estado dominicano tiene derecho no sólo a determinar las
condiciones en que recibe y mantiene en su territorio a los extranjeros
sino también a detenerlos y repatriarlos en el caso de que se encuentren
en situación de ilegalidad, pero sus actuaciones deben sujetarse a lo
establecido por la Constitución, las leyes y los reglamentos, y jamás
pueden lesionar los derechos humanos ni afectar la dignidad personal.
Por supuesto, todo esto es cierto sólo si de verdad somos o aspiramos a
ser un “Estado Social y Democrático de Derecho”, como establece nuestra
Carta Magna, y si nos consideramos parte del mundo civilizado.
Patriotismo versus ultranacionalismo
Ahora bien, la discusión sobre la sentencia del Tribunal
Constitucional no tiene absolutamente nada que ver con el patriotismo, y
las invocaciones que hacen los ultranacionalistas a este respecto,
llegando inclusive a tildar de antipatriotas a quienes difieren del
sesgo de inconstitucionalidad y deshumanización que acusa la misma, es
un vulgar e inaceptable chantaje muy típico del borreguismo, el
totalitarismo y la caverna política.
(Naturalmente, se entiende que el ultranacionalismo criollo se
decante ruidosamente por ese infeliz derrotero de extorsión moral e
intento de descalificación personal contra los que impugnan la sentencia
referida: es una manera fácil de agitar las pasiones más primitivas
entre los zoquetes y los incautos -vendiéndoles la falsa idea de que su
supervivencia está amenazada- para tratar de evitar la discusión de
fondo, que involucra a sus socios y tributarios del Estado y del
empresariado).
Que se esté a favor o en contra de la sentencia del TC no determina
que se sea patriota o no. La imputación al tenor se hace para intimidar
y provocar autocensura, y hay que rechazarla vigorosamente (cualquier
parecido con la actitud de la extrema derecha estadounidense que hace la
misma incriminación a todo el que no comparta su espíritu belicista y
agresor, es pura coincidencia). El patriotismo es, a la par que un
sentimiento de amor por la heredad y arraigo histórico en la comunidad
humana en que se ha nacido y vivido, una forma política -instintiva o
conceptual- de pensar la nación y una conducta frente a quienes atentan
contra su existencia: no se demuestra con eslóganes sino defendiéndola
frente a la agresión del poderoso.
Y, como se sabe, en general y hasta prueba en contrario, los que
defienden la sentencia del TC han demostrado en los hechos tener menos
esa disposición que los que la cuestionan. Se podría aquí citar nombres y
rememorar conductas para determinar quienes ha estado defendiendo
siempre la patria y quienes, por el contrario, siempre han estado en
colusión con nuestros agresores o, simplemente, han sido indiferentes a
nuestras tribulaciones como nación. Pero ello sería caer en la
personalización del debate, y no es correcto. En este país todos nos
conocemos.
Los hijos de ilegales haitianos y la integridad nacional
La discusión tampoco tiene nada que ver con peligro alguno para la
integridad de la nación o posibilidad de liquidación del ser nacional.
Aparte de otro burdo chantaje, esa es una descomunal mentira: los hijos
de los ilegales haitianos nacidos bajo el régimen constitucional
existente hasta el 2010 no representan una presión demográfica o
antropológica disgregadora o desnaturalizadora de lo que somos como
conglomerado humano con una historia, una cultura, una lengua y unas
costumbres comunes. Los que sí constituyen un peligro de esa guisa son
los millones de ilegales que tenemos actualmente (que entran y salen del
país a su antojo sobornando a las autoridades) y que el gobierno no
repatria en virtud de la connivencia de los políticos en el poder con
los patrocinadores económicos criollos del ultranacionalismo.
Igualmente, los hijos de los ilegales haitianos no han asumido una
forma de vida, un comportamiento o estrategia atentatorios contra los
rasgos esenciales de la dominicanidad: por ejemplo, la hibridez racial,
la cultura de raíces hispano-africanas, la religión cristiana, el idioma
español, los símbolos patrios, la devoción por nuestros próceres o el
respeto por los valores familiares, cívicos y sociales. Al revés: se
han sumergido en nuestra cultura, han adoptado nuestras tendencias
religiosas, han aprendido nuestra historia, admiran a nuestros héroes y
mártires, han asimilado nuestras costumbres y hablan nuestro idioma.
Asimismo, los hijos de los ilegales haitianos no constituyen una
amenaza para la estabilidad de nuestra sociedad sino que se han
integrado a ella y, con sus naturales excepciones, no ejecutan ni
promueven actos que rompan con su cohesión, como la rebelión contra las
leyes, la delincuencia común, los vicios o el latrocinio público. En
este sentido, la verdad es diferente: otros son los representantes de
grupos étnicos que pudieren considerarse en el país como posibles
agentes de disolución social, y no se mencionan aquí porque todo el
mundo los conoce.
Desde luego, la más ridícula de las alegaciones del ultranacionalismo
es la de que su postura de respaldo a la sentencia del TC es en defensa
de nuestra soberanía, pues aparte de que este concepto asimilado como
derecho a vivir y accionar unilateralmente en el mundo globalizado de
hoy sólo lo enarbolan los que no quieren actuar con transparencia ni
frente a su pueblo ni ante la comunidad internacional (esto es, los
tiranos y sus adláteres), es tamaña barrabasada sugerir de algún modo
que los hijos de los ilegales haitianos obstaculizan su ejercicio pleno
por parte del Estado o son una amenaza para ella. Se trata, a no dudar,
de una argumentación para necios y tontos.
De manera, pues, que lo que está en discusión, valga la reiteración,
no es el patriotismo, ni la defensa de la nacionalidad, ni la integridad
de nuestra sociedad, ni el ejercicio de la soberanía por parte del
Estado dominicano. Nada de eso peligra o se coloca bajo amenaza letal
porque se reconozcan los derechos de los hijos de los ilegales haitianos
nacidos bajo las constituciones anteriores a la actual. Esos no son mas
que subterfugios intimidatorios y presupuestos apócrifos de los
ultranacionalistas, y sólo los pueden aceptar los cobardes, los
totalitarios, los racistas, los supremacistas sociales y, claro está,
los bobos.
La verdadera discusión
Por lo demás, dejémonos de hipocresías: el único “daño” que hacen los
hijos de los inmigrantes haitianos ilegales es a la “raza” dominicana,
pues al ligarse con nuestros ciudadanos de color claro (blancos,
“jabaos” o mulatos) la ennegrecen. No hay otra cosa: lo que atormenta y
causa histeria en el ultranacionalismo es el creciente ennegrecimiento
del tipo racial dominicano. Y no es que no hay derecho a sentir o pensar
de ese modo (el prejuicio racial es una canallada que se torna ridícula
cuando procede de “jabaos” y mulatos, pero su asunción es libre): es,
simplemente, que eso no tiene nada que ver con el patriotismo, la
integridad nacional o la soberanía del Estado. La ausencia de bizarría y
honestidad no les permite a los ultranacionalistas decir lo que piensan
y creen de verdad: que los negros haitianos nos están “dañando” la
raza.
La verdadera discusión, reiteramos, es sobre el “Estado Social y
Democrático de Derecho”: el respeto a la constitucionalidad y la
legalidad, la interpretación correcta, justa y “pro homine” de las
normas sustantivas y adjetivas, y cómo, en función de argumentaciones
interesadas e ideológicamente preconcebidas, se quiere ocultar y evadir
la irresponsabilidad compartida del Estado (que ha permitido el desorden
migratorio que tenemos), los políticos que nos han gobernado (del PRSC,
del PLD y, en menor medida, del PRD) y una parte del empresario
nacional (cuyo espíritu rapaz y puramente mercurial ha sido el principal
soporte de la inmigración ilegal haitiana).
No abordar el tema desde tal perspectiva (e intentar enredarnos en
una madeja de arengas pseudopatrióticas, consignas vacuas,
descalificaciones personales, dicterios y aseveraciones embusteras) es
un intento de tomadura de pelo. Y, desde luego, el que lo quiera
permitir, situándose a la zaga en la fila de ese patriotismo de hojalata
o sencillamente haciéndose el sueco frente a la violación de
prerrogativas fundamentales, está en su derecho. Quien escribe, de su
lado, se niega rotundamente a dejarse arrastrar hacia la histeria
ultranacionalista y su consabido itinerario de odio.
La otra parte verdaderamente trascendental de la discusión en torno a
la sentencia del TC la puso sobre el tapete el presidente Danilo
Medina: el drama humano que involucra el pandemonio migratorio que
tenemos. Es de gente con insensibilidad de monarca feudal o mentalidad
hitleriana mirar hacia otro lado ante esta realidad: miles de personas
resultarán afectadas en su vida cotidiana por una interpretación de la
Constitución cuya raíz patriotera, anatomía xenofóbica-conservadora y
proyecciones supremacistas están a la vista. La lógica del
ultranacionalismo criollo luce bastante parecida a la de los
integristas árabes que sostienen que la mejor solución del conflicto del
Medio Oriente es “empujar a los judíos hacia el mar”, o la de los
promotores de la terrible carnicería humana que se produjo en la antigua
Yugoslavia: la “necesidad de una limpieza étnica”.
“Románticos”, “débiles” y “filorios”
Desde luego, no podemos olvidar que la controversia actual también
parte de la visión que se posea sobre el ser human se tiene un enfoque
deshumanizado (aquel visto a través de un prisma etnocéntrico,
supremacista social y desprovisto de toda conmiseración frente al
sufrimiento ajeno), o se tiene un enfoque humanista (aquel visto a
través de un prisma de bondad, justicia y solidaridad ), y no es nuevo
ni extraño que autoritarios y conservadores consideren “románticos”,
“débiles” o “filorios” a los sustentadores de este último. Más aún:
aunque una cosa es la discusión de Derecho y otra la de los hechos,
cuando se trata de seres humanos vulnerables escurrir el bulto con una
interpretación “a secas” del primero no sólo es contrario al fin mismo
de la norma jurídica sino que también significa situarse de espaldas a
la humanidad y a favor de la barbarie.
Por último, hay que ratificar que la discusión está relacionada con
el racismo y el supremacismo social: los haitianos son negros y pobres.
Nadie lo reconoce, pero esa es la simple verdad, pues no se asume la
misma postura persecutoria con los inmigrantes de otras razas y con los
que tienen dinero. Frederic Mazourka(aquel haitiano blanco que estafó a
los dominicanos a través de la Lotería Nacional y las autoridades
dejaron escapar), José David Figueroa Agosto (narcotraficante y asesino
boricua que hasta llegó a tener carnet del DNI) y Arturo del Tiempo (el
español que usó el país como almacén y canal para sus importaciones de
drogas a Europa y se regodeaba con amistades palaciegas y policiales)
son sólo tres ejemplos, pero describen una tendencia: la de la
tolerancia o el connubio con los inmigrantes de cutis clara y bolsillos
hondos, aunque se trate de ladrones, homicidas, delincuentes
internacionales o pederastas.
Cada quien tiene derecho a alinearse en la franja
ideológico-filosófica que sus creencias o sus intereses le indiquen (aún
incluso, como es el caso de algunos políticos, desertando de la
anterior con todo el descaro del mundo tras un meteórico ascenso en la
pirámide social). Pero el autor de estas glosas, que se formó en las
ideas del bien común y tiene descendencia a la que le debe cierto legado
de coherencia personal, permanecerá en la que siempre ha estado por
mandato de su conciencia: la del patriotismo vertical y humanista de
Duarte, Luperón, Bosch y Peña Gómez. Por eso, su proclama es clara:
regularización si, ultranacionalismo racista no... y siempre cuidándonos
de que las autoridades no nos engañen de nuevo haciendo “bulto”
politiquero con el tema.




0 Comentarios
Dele clic para ampliar esta noticia http://noticiard.com/ con nosotros siempre estará comunicado y te enviamos las noticias desde que se producen, registra tu Email y estara más informado.
http://noticiard.com/